Pesadumbre en Bridgetown (seguido de Plexo solar)

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Cuatro

 

 

He muerto.

 

Desde que el desvarío de mis pupilas

anunciaba el estado de coma,

mis hijos han permanecido como canoas

en los costados del lecho.

Hilda, la enfermera que me asiste en el tránsito,

cata las intermitencias del pulso cada vez más lejano,

oye los murmullos de un gato agonizante sobre los rieles del tren.

 

Mis ojos abiertos están en blanco

y mi boca se abre aspirando las últimas bocanadas

del aire dichoso.

Un latigazo eléctrico sacude mis piernas

como el estertor del toro después de la puntilla:

mi corazón ha dejado de latir.

 

He muerto.

 

La sangre ha dejado de recorrer mi cuerpo en su frenesí.

Lo que sustentaba mi piel como una vieja promesa

le ha cedido el espacio al color amarillento de los papeles

decrépitos.

Soy una suerte de hoja ocre plagada de hongos,

un papiro abandonado sobre el tope de una nevera

Mi sangre, que durante años fue fiel en su periplo rutinario,

no recibe el impulso para su itinerario retórico.

Soy una casa olvidada por la suerte del fuego

que le ha dejado su reino al hielo más seco.

 

He muerto.

 

Una sola instrucción he dejado a mis deudos:

al apoderarse de mí la tiesura,

abran las ventanas para que mi alma encuentre su rumbo,

déjenla ir,

no interpongan ningún obstáculo a su vuelo,

el aleteo de las palomas que se anuncian

con el carraspeo de sus gargantas

les anunciará la ascensión del espíritu que encontró en mí

la hospitalidad de un cuerpo romo,

poco filoso, naturalmente tibio, herbívoro,

proclive al regazo de las hembras.

 

He muerto.

 

Las campanas de la iglesia vecina han propagado su eco

a la misma hora de mi nacimiento:

son las doce y treinta del mediodía de una fecha imprevista.

No recuerdo cuántos años han pasado desde mi llegada,

pero sé que la misma luz que me recibió me despide.

 

He muerto.

 

Asciendo en volandas hacia un espacio de luz

más blanco que las volutas de algodón,

pero nada hay en mi vuelo que perturbe la paz

de creer que he concluido todas mis batallas.

Atrás queda la ventana de mi apartamento

y más lejos aún la cama donde he rendido mis últimas fuerzas.

Ya Caracas es un paisaje abstracto que se divisa

entre el fragor de las nubes quiméricas.

Ya América se escruta entre la bruma

con su figura de trompo alargado y difuso.

Ya la tierra es una sola esfera azul que se achica

como una fortuna majestuosa que se pierde en el tiempo.

 

He muerto.

 

Asciendo hacia el punto donde todas las preguntas

adquieren respuesta.

Voy entrando en un túnel que acelera mi vuelo,

soy lo que siempre he sido:

una mínima partícula amada por un Dios memorioso.

Mis fragmentos de pronto han sido tocados

por el rayo de la totalidad:

todo en un segundo lo comprendo.

Las escenas centrales de mi tiempo terreno,

de las que ignoraba su carácter principal,

han salido al damero del entendimiento ejecutando su danza.

Todos los puntos que no advertía cercanos

han revelado ahora sus conexiones ocultas:

una araña teje su tela en la penumbra,

tengo en mis manos el Aleph de Carlos Argentino Daneri.

 

He muerto.

 

 

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